Sobre Vias

Julio 16, 2008

Ayer, fui capaz de esclarecer un gran misterio de la -mejor dicho, mi- vida cotidiana. Deducí para que sirve la segunda via (la que se bifurca de la via original) del: andén que va a Plaza de Mayo de la estación Plaza Miserere del subte “A” (Que largo que queda, pero no se puede simplificar más. Juro que lo intenté!).

Fue tan fácil como ver que, al ir llegando a la estación, el tren siguió en su via, mientras que en la via 2, una formación estacionada comenzo a moverse a la par (causando un curioso efecto de no saber si los trenes se movian, si uno había acelerado, si otro había parado, en fin, todo ese lío de la teoría de la relatividad). La formación que habia estado estacionada -sin gente en su interior- se detuvo, parando del lado del andén que da a la combinacion con el Ferrocaril Sarmiento, donde usualmente en hora pico la gente desborda, todos se aprietan, se insultan, las viejas amargadas rezongan y los viejos bien verdes disfrutan. Todo ese grupo de personas se subió a una formacion vacía, evitando la histeria colectiva, mientras que los que veníamos -ya apretados- desde antes, tuvimos una detención apacible; los que se tenian que bajar se bajaron sin problemas, al otro lado del andén, y nadie fue arrastrado ni empujado ni pisado ni azotado (todo a la vez).

Una especie de apartheid subterraneo entre los viajeros originales y los que hacen una combinación.

El tren siguió con la marcha, y yo me sentí satisfecho, por suponer que algun ser racional ya habia pensado en dar un servicio mas eficiente, y porque incluso despues de muchos años, se cumplia con una precision y suavidad ejemplar.

Otra cosa que deducí, es que a alguien no le debe gustar la idea, o considera que hay que fomentar la unidad de los ciudadanos a la fuerza, o piensa que las corridas y los golpes deben ser parte del servicio -para despertar a los que bostezan-, porque hoy, todo volvió a la normalidad caótica de las horas pico.

Y las viejas despotricadoras al pedo, también.

Llueve, hace frío. Con el tiempo corriendo, imparable, como de costumbre. Sin lugar para eventualidades, salgo de mi casa, en dirección a una parada de una linea de colectivos que me tendría que llevar al destino de esta tarde. Cuando estoy a una cuadra, por un acto reflejo, miro hacia atrás, y tengo la trágica confirmación del peor de mis pensamientos, eso que suele pasar cuando estoy apurado: el colectivo que tengo que tomar está viniendo, y no hay señal de que vaya a parar. El semáforo esta en verde, ningún alma solitaria espera para tomarlo. Así que, empiezo a correr, y corro lo más rápido posible. Soy flaco, y corro rápido, pero, lástima, no llego. Sin tiempo para dudarlo, elijo el plan B: corro de nuevo, hasta la próxima parada, pero tomando un atajo, por una diagonal. Me esfuerzo, salto charcos, me aliento porque falta poco, estoy casi por llegar, a unos metros, doblo por la diagonal, y…mala suerte. El semáforo de esa esquina lanza la verde invitación a acelerar, sin piedad, y el colectivo se aleja campante, sin culpas, sin saber que otra vez abandona a un pasajero que necesitaba de sus servicios.

Con resignación, pero sobre todo agitado por la carrera, me quedo parado, expectante. Después de unos minutos, pasa otro colectivo, de otra linea, y frena en la esquina, esperando el cambio de señal. En el acto lo pienso, y saco la conclusión de que esta linea también me lleva a donde voy, aunque me deja a unas cuadras. Entonces voy hacia la puerta delantera, y la toco. Pero no es suficiente; bajo la lluvia y la mirada dominante e inexpresiva del conductor, tengo que suplicar para tener la posibilidad de subir, tratando de conmover su alma transportista. Finalmente lo logro, y agradeciendo una vez dentro, su infinita bondad y misericordia hacia un simple pasajero, pido un boleto. La aventura no termina acá, porque la vieja máquina expendedora me rechaza todas las monedas, o se traba, o me las tira de nuevo. Trato de luchar, sólo por conseguir un pedacito de papel con unos números. Al final, encuentro en mi mochila una moneda más grande, que al parecer fue del agrado de la máquina, porque finalmente me la acepto presurosa y sin quejarse.

Vencidos todos los obstáculos, empapado, nervioso, voy a sentarme, pero se me ocurre caminar el preciso momento que el colectivo da unas vueltas, y por el movimiento, se me escapa con furia, como si buscara la oportunidad de ser libre, una monedita. La persigo, igual que un guardia persigue a un preso que quiere fugarse; pero rueda más rápido, y cuando la estoy por agarrar, se tira velozmente a la calle por el hueco inferior de la puerta de salida, dejándome desconcertado, aturdido, lo que me genera una sonrisa espontánea. Ganó la moneda. Me siento, cansado, pero con la misión cumplida. Todo lo que hay que hacer para viajar! Como dijo alguien alguna vez: “Viajar es una buena forma de aprender y de superar miedos”. Yo, espero superarlos pronto.

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La Frase del Día

Junio 13, 2008

“…el ganado viaja mejor que nosotros…”

-Filósofa cotidiana reflexionando sobre el transporte público al momento de abrirse paso a través de la masa compacta de humanos de un colectivo.

Disclaimer: La Frase del Día no necesariamente refleja las opiniones del autor del Blog. Es medio contrera, viste.