Azúcar si, libros no

Julio 1, 2008

Grandes pensadores del Marketing, Packaging, Responsabilidad Social (que frase repulsiva) y demás áreas, tuvieron una gran idea. Pero tengo una gran duda. ¿Cual es el sentido de poner “La educación es la base del desarrollo” tan alegremente en un sobrecito, un misero e intrascendente sobrecito de azúcar para cafés?

Pienso…

Porque además de ser algo totalmente irrelevante, es ridículo.

No voy a comprar sobrecitos de azúcar por ver la casi poética frase, porque primero, no compro sobrecitos de azúcar, y si los comprara, no me conmovería ni me motivaría comprar ver esa frase. Y tampoco voy a estudiar algo por ver la frase, y no creo que nadie lo haga, (si es que llegan a leer el sobrecito de antes de tirarlo a la basura) a menos que se pretendiera que los sobrecitos de azúcar de hoy sean sabios consejeros y profundos guías espirituales.

Si hay que vender mas azúcar, pueden ofrecer mejores precios, o mejor calidad, o algún valor agregado.

Si hay que promover la educación “para el desarrollo”, bueno, entonces se me ocurren muchísimas vías de lograr ese objetivo para una organización. Desde donaciones a proyectos cooperativos, etc. (El 99% de los cuales se hacen para mejorar la imagen o reducir impuestos).

Así que no, ese sobrecito es un desastre. Le salió mal el intentar ser algo más de lo que es: un pequeño contenedor del azúcar necesario para que hoy no me tomara un café amargo por la calle. (Porque tengo otras quejas contra ese sobrecito ridículo, pero ya esta, lo dejo en paz.)

Llueve, hace frío. Con el tiempo corriendo, imparable, como de costumbre. Sin lugar para eventualidades, salgo de mi casa, en dirección a una parada de una linea de colectivos que me tendría que llevar al destino de esta tarde. Cuando estoy a una cuadra, por un acto reflejo, miro hacia atrás, y tengo la trágica confirmación del peor de mis pensamientos, eso que suele pasar cuando estoy apurado: el colectivo que tengo que tomar está viniendo, y no hay señal de que vaya a parar. El semáforo esta en verde, ningún alma solitaria espera para tomarlo. Así que, empiezo a correr, y corro lo más rápido posible. Soy flaco, y corro rápido, pero, lástima, no llego. Sin tiempo para dudarlo, elijo el plan B: corro de nuevo, hasta la próxima parada, pero tomando un atajo, por una diagonal. Me esfuerzo, salto charcos, me aliento porque falta poco, estoy casi por llegar, a unos metros, doblo por la diagonal, y…mala suerte. El semáforo de esa esquina lanza la verde invitación a acelerar, sin piedad, y el colectivo se aleja campante, sin culpas, sin saber que otra vez abandona a un pasajero que necesitaba de sus servicios.

Con resignación, pero sobre todo agitado por la carrera, me quedo parado, expectante. Después de unos minutos, pasa otro colectivo, de otra linea, y frena en la esquina, esperando el cambio de señal. En el acto lo pienso, y saco la conclusión de que esta linea también me lleva a donde voy, aunque me deja a unas cuadras. Entonces voy hacia la puerta delantera, y la toco. Pero no es suficiente; bajo la lluvia y la mirada dominante e inexpresiva del conductor, tengo que suplicar para tener la posibilidad de subir, tratando de conmover su alma transportista. Finalmente lo logro, y agradeciendo una vez dentro, su infinita bondad y misericordia hacia un simple pasajero, pido un boleto. La aventura no termina acá, porque la vieja máquina expendedora me rechaza todas las monedas, o se traba, o me las tira de nuevo. Trato de luchar, sólo por conseguir un pedacito de papel con unos números. Al final, encuentro en mi mochila una moneda más grande, que al parecer fue del agrado de la máquina, porque finalmente me la acepto presurosa y sin quejarse.

Vencidos todos los obstáculos, empapado, nervioso, voy a sentarme, pero se me ocurre caminar el preciso momento que el colectivo da unas vueltas, y por el movimiento, se me escapa con furia, como si buscara la oportunidad de ser libre, una monedita. La persigo, igual que un guardia persigue a un preso que quiere fugarse; pero rueda más rápido, y cuando la estoy por agarrar, se tira velozmente a la calle por el hueco inferior de la puerta de salida, dejándome desconcertado, aturdido, lo que me genera una sonrisa espontánea. Ganó la moneda. Me siento, cansado, pero con la misión cumplida. Todo lo que hay que hacer para viajar! Como dijo alguien alguna vez: “Viajar es una buena forma de aprender y de superar miedos”. Yo, espero superarlos pronto.

Read the rest of this entry »

Escritoriocracia

Junio 17, 2008

Desde la mañana hasta la tarde haciendo trámites. Todo el día. Eso es eficiencia racional burocrática.

Se me ocurrió comparar la diferencia que hay entre, hacer un trámite que implique un aumento de ventas o de beneficios con poco riesgo para una empresa u organización, y uno que perfile como una operación mas riesgosa con una simple cliente medio (un pobre gil que no tenga gran riqueza), algún papelerío administrativo, o relacionado con una cuestión personal o del estado(como seguridad social, impuestos, etc). Hay un abismo entre uno y otro. Y no creo que sea casual.

Para sacar un crédito en una de esas hiper-mega cadenas de electrodomésticos, o para averiguar acerca de la compra de un inmueble, o irse de viajes, en general todo parece un oasis de buen trato y agradable servicio. No hay que esforzarse mucho, no hay que pensar demasiado, no hay que moverse innecesariamente, hacer largas colas ni perder tiempo excesivamente. Solo firma acá y acá abajo y listo, te estamos llamando, lo recibis en tu casa,  y así. Incluso los promo-vendedores automatizados de cierta tienda de ropa te escupen las tarjetas de crédito y todos sus inmensos beneficios, sin que tengas que pedirlo. Y ni hablar de los telemarketers.

Pero todo cambia cuando no es ese tipo de trámites.

Cuando hay que reclamar, cuando hay que dar de baja, cuando hay que averiguar por cierta deuda a nuestro favor, o algún beneficio que nos corresponde; cuando hay que ir alguna dependencia estatal o policíaca. Ahi ya no hay secretarias sonrientes, trato cálido, un café, y una silla cómoda. Ahí hay que ir con ganas y fuerza de voluntad, sabiendo que en el mejor de los casos, va a haber que superar varios obstáculos. A veces te encontrás con exigencias, pruebas, competencias, deasafíos, carreras contra-reloj, retos, y demás, que hacen de un trámite común y corriente una proeza bizarra ideal para inspirar algún programa de aventuras de Marley.

Hay gente que se enoja, que termina muy disgustada, gente que se desalienta, se cansa, se resigna. Y no creo que conociendo estas reacciones, deliberadamente no se hagan los trámites, desfavorables para la organización, lentos, engorrosos, y burocráticos. De hecho, cualquiera que haya trabajado cerca de un area de reclamos como yo sabe que, cuando hay quejas, se tratan de desviar en lo posible hacia medios automáticos. Es la ley del negocio. En otros lugares, probablemente no tenga causa, es pura falta de interés. O quizás no saber como plantear un sistema fluido. De todas formas, una estructura organizada en demasía para la eficiencia total hasta en detalles ínfimos, tiende a ser un fastidio. El modelo pierde el sentido con el que en teoría fue diseñado.

En fin, yo, todavía tengo paciencia, firmeza, constancia (y tiempo!) para llevar adelante y terminar hasta el más dificil de los papeleos. Burocraticen todo lo que quieran, no les tengo miedo. :-p

Los Amigos de Bart

Junio 15, 2008

Mientras pre-cenaba (en ese hueco que queda entre la merienda y la cena, donde algo rápido como un par de sandwichs son suficientes), alguien prendió la tele, en el canal y en el momento justo donde el insulso, creído, cero-gracia, y baboso de Andy Kustnezoff, hacia un programa (que ni idea de como se llamaba, pero a juzgar por el contenido y la gran creatividad de los productores, debía ser algo como Zorros en la Calle, La Liga de la Justicia, etc) donde junto con una fashion chik se metían en alguna villa de Buenos Aires, y hablaban con la gente, preguntaban como era vivir ahí, porque estaban, que sentían, se hacían chistes, piropeaban a la chica; todo al mejor estilo canchereador-grasa de Andy.

Me cansaron.

No soy de ver televisión, casi no la prendo, y si lo hago veo alguna que otra cosa muy particular. A pesar de eso, ya habré visto setecientos cuarenta y dos programas distintos, donde la receta básica es muy parecida: los conductores, casi siempre todos copados, cancheros, rápidos, lindos, van a una villa, o un barrio pobre, o un comedor comunitario o un pueblito fantasma o una remisería sin autos y derrochan sensibilidad, preguntan y demuestran todo su interés en los problemas de la gente, hablan con los protagonistas de las notas tratando de imitar el lenguaje mas callejero y/o vulgar posible (obvio que no les sale y quedan como unos boludos), se hacen amigos de gente que en su vida les habrá importado, pasan momentos “tensos” en alguna escena de “acción” cuando un infeliz que pasaba por ahi los insulta o les quiere tapar la cámara, y dicen frases que “te tienen que dejar pensando” cuando reflexionan sacando conclusiones frente a la cámara.

¿Nadie se pone a pensar que, salvo alguna excepción, a los conductores, directores, maquilladores, productores, y demás, les importa un carajo la dignidad, la salud, o los problemas de las personas, y muestran exageraciones, caen en lugares comunes, hacen cosas totalmente contrarias a lo que en verdad son?

¿Que es casi una burla usar a la gente de bajos recursos para hacer un show hipócrita?. ¿Que los usan como monitos para hacer sus gracias, pierden tiempo, los hacen hablar hasta el hartazgo de lo mal que están y se sienten, y encima, a veces, hasta les comen la poca comida que tienen?

Tampoco entiendo mucho a la gente que filman; a menos que les paguen o tengan muchas ganas de salir en televisión. A mi no me gustaría que todas las semanas vengan cámaras de distintos canales a mi casa para que yo entregue la imagen del lastimoso y roñoso por el que todos sienten lástima pero que en definitiva, a nadie le importa demasiado.

Hay que ser sincero, no soy un defensor de la gente carenciada, no me escandalizo si cada día hay más pobres (como algunos hacen y otros fingen), no me lleno la boca con discursos sociales, porque no soy así; no ayudo a nadie, y si quisiera ayudar no tendría necesidad de contarlo públicamente. Tampoco estoy en contra de un conductor, ni ningún programa o productora en especial, y se que probablemente haya alguna excepción a todo esto que escribo. Lo que me molesta es que me quieran vender algo que no es, apelando a mi emotividad o sentido de justicia o algo de eso que todos tenemos (…empatía?). Si querés hacer un programa que se llame “Burlándonos de la gente sucia y fea de los barrios pobres” hacelo, tampoco me va a parecer muy bien, pero por lo menos evitás toda esa falsedad incoherente.

Igual, que cada uno haga lo que quiera y vea lo que se le cante, somos todos (casi)libres.

A mi, la televisión me da mas alergia cada día.