Llueve, hace frío. Con el tiempo corriendo, imparable, como de costumbre. Sin lugar para eventualidades, salgo de mi casa, en dirección a una parada de una linea de colectivos que me tendría que llevar al destino de esta tarde. Cuando estoy a una cuadra, por un acto reflejo, miro hacia atrás, y tengo la trágica confirmación del peor de mis pensamientos, eso que suele pasar cuando estoy apurado: el colectivo que tengo que tomar está viniendo, y no hay señal de que vaya a parar. El semáforo esta en verde, ningún alma solitaria espera para tomarlo. Así que, empiezo a correr, y corro lo más rápido posible. Soy flaco, y corro rápido, pero, lástima, no llego. Sin tiempo para dudarlo, elijo el plan B: corro de nuevo, hasta la próxima parada, pero tomando un atajo, por una diagonal. Me esfuerzo, salto charcos, me aliento porque falta poco, estoy casi por llegar, a unos metros, doblo por la diagonal, y…mala suerte. El semáforo de esa esquina lanza la verde invitación a acelerar, sin piedad, y el colectivo se aleja campante, sin culpas, sin saber que otra vez abandona a un pasajero que necesitaba de sus servicios.

Con resignación, pero sobre todo agitado por la carrera, me quedo parado, expectante. Después de unos minutos, pasa otro colectivo, de otra linea, y frena en la esquina, esperando el cambio de señal. En el acto lo pienso, y saco la conclusión de que esta linea también me lleva a donde voy, aunque me deja a unas cuadras. Entonces voy hacia la puerta delantera, y la toco. Pero no es suficiente; bajo la lluvia y la mirada dominante e inexpresiva del conductor, tengo que suplicar para tener la posibilidad de subir, tratando de conmover su alma transportista. Finalmente lo logro, y agradeciendo una vez dentro, su infinita bondad y misericordia hacia un simple pasajero, pido un boleto. La aventura no termina acá, porque la vieja máquina expendedora me rechaza todas las monedas, o se traba, o me las tira de nuevo. Trato de luchar, sólo por conseguir un pedacito de papel con unos números. Al final, encuentro en mi mochila una moneda más grande, que al parecer fue del agrado de la máquina, porque finalmente me la acepto presurosa y sin quejarse.

Vencidos todos los obstáculos, empapado, nervioso, voy a sentarme, pero se me ocurre caminar el preciso momento que el colectivo da unas vueltas, y por el movimiento, se me escapa con furia, como si buscara la oportunidad de ser libre, una monedita. La persigo, igual que un guardia persigue a un preso que quiere fugarse; pero rueda más rápido, y cuando la estoy por agarrar, se tira velozmente a la calle por el hueco inferior de la puerta de salida, dejándome desconcertado, aturdido, lo que me genera una sonrisa espontánea. Ganó la moneda. Me siento, cansado, pero con la misión cumplida. Todo lo que hay que hacer para viajar! Como dijo alguien alguna vez: “Viajar es una buena forma de aprender y de superar miedos”. Yo, espero superarlos pronto.

En mi opinión, no hay mucho para discutir sobre el tema. El transporte de pasajeros es (o debería ser) un tema fundamental para una gran ciudad. Cuando las calles colapsan por la cantidad de autos, están sobre saturadas de personas, carros, etc, agregar camiones con asientos que generan mas contaminación atmosférica, acústica y hasta visual, no tiene mucho sentido. Y menos pretender que cumplan un servicio eficiente, puntual y dinámico. Para mi, es solo una solución a corto plazo, o accesoria.

El subte, o subterráneo, metro, o como se le diga, es una de las mejores opciones. Y en esta ciudad, a pesar de los miles de problemas que tiene por estar descuidado, por administraciones corruptas, falta de inversiones, desinterés, desidia, concesiones dudosas, paros sorpresivos, diseños e infraestructuras del siglo pasado en la mayor parte de los trazados, formaciones sin mantenimiento, conflictos gremiales, y demás; a pesar de todo eso, sigue siendo el medio más rápido, eficiente, predecible, y el que la mayoría de los ciudadanos promedio prefieren a la hora de viajar.

Y el que yo quiero, claro.

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